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BAJO LOS PIES DE PATO
RELATO ENVIADO POR BOOTMAN
Hace muchos años, cuando yo tenía 18, una amiga de mi familia me invitó a visitar su estancia en Bragado por un fin de semana largo. Me dijo que sería bueno para su hijo Patricio tener compañía de Buenos Aires, ya que se aburría bastante con sus amigos de siempre. Yo apenas lo había visto un par de veces a Pato, como lo llamaba todo el mundo, pero me parecía un tipo atractivo: era rubio, alto, de buen físico, ya que como casi todos los chicos de su tipo, había jugado al rugby en el colegio donde hizo el secundario. En realidad, me excitaba la idea de pasar un fin de semana casi a solas con un chico al que casi ni conocía, alejado de todo, en el medio del campo. Así que, pensando en esto, acepté la invitación.

Llegamos a la estancia tarde la noche del viernes, y allí me encontré con quien sería mi anfitrión por el fin de semana. Me recibió con una sonrisa un poco fría; hablamos poco esa noche, y pronto decidimos ir a dormir. Él y yo compartiríamos el mismo cuarto, al que se llegaba atravesando un gran comedor y otro cuarto vacío. Apenas llegamos al dormitorio, me fuí a dormir, ya que hacía frio y estaba cansado.

A la mañana siguiente, luego de desayunar, lo acompañé a Pato a hacer algunas compras en el pueblo. En el camino, charlábamos sobre temas sin importancia, y mientras tanto aprovechaba para espiarlo sin que se diera cuenta: sus pelos brillaban cobrizos sobre la piel tostada por el sol, y sus ojos azules de vez en cuando me miraban como estudiándome. Estaba vestido con una camisa blanca, un viejo pulover verde, bombachas de campo ajustadas por una faja, y un par de botas de montar de caña alta color suela que yo miraba hipnotizado cada vez que él miraba para otro lado.

Yo pensaba en lo seductor de la situación, donde quizás había sido invitado para distracción de Pato. De alguna forma me sentía a su servicio, y ahora que lo contemplaba como un machazo bien de campo, con esa pinta y con esas botas a las que me moría por chupar y lamer, y bajo las cuales me hubiera encantado estar, me alegré de haber aceptado la invitación de su madre. Por otra parte, sentía que no podría pasar más allá de una admiración platónica por esos pies de macho, ya que él no daba ningún indicio de que le podría agradar la atención que yo estaba dispuesto a brindarle.

Esa tarde, luego de almorzar, dormimos un rato la siesta. En realidad, él durmió mientras yo miraba su espalda ancha, tapada a medias por la frazada, subir y bajar al ritmo de su respiración tranquila, mientras de afuera llegaban los ruidos serenos del campo. Al lado de su cama, sus botas tiradas en el piso, que me hubiera encantado oler y pasarles la lengua, pero tenía miedo de que un crujido del piso de madera lo fuera a despertar para encontrarme en una situación embarazosa. Así que me aguanté las ganas, hasta quedarme también dormido.

Al despertarnos, tomamos unos mates con galletas, y luego Pato me invitó a cabalgar con él a revisar los potreros. Acepté con gusto, ya que la idea de ver a ese macho montado a caballo me resultaba muy excitante, especialmente viéndolo vestido como a la mañana, pero con una campera para el fresco de la tardecita. No tardamos demasiado para pasar revista al ganado en los potreros, pero en vez de volver al casco, Pato enfiló hacia un monte alejado, al borde de una pequeña laguna. Cuando desmontamos, caminamos hacia un tronco tumbado sobre el que nos sentamos. Allí me contó que ese era “su” lugar desde que era chico, que cuando necesitaba paz y tranquilidad, o quería divertirse solo, era allí donde iba. Le pregunté como podía divertirse en un lugar tan solitario, y él me dijo que de mil maneras, como por ejemplo haciendo patitos con piedras sobre la superficie de la laguna, o cazando palomas o liebres (imaginándolo cazar ya me comenzó a excitar), o con las ranas y sapos de la laguna. Comencé a sentir una emoción extraña, pensando de qué manera se podría divertir con sapos y ranas, y con un nudo en el estómago le pregunté, tratando de sonar lo más natural posible:

-“¿Cómo con sapos y ranas?”
-“Ya vas a ver”, me contestó, parándose al mismo tiempo con una sonrisa maliciosa en la cara.

Caminó hacia unos pajonales, detrás del cual había una playa de barro endurecido, y aquí y allá ranas y sapos en busca de insectos. Mirándome para asegurarse de que lo seguía, Pato avanzó hacia un grupo de tres o cuatro ranas, que comenzaron a saltar para escapar de él. Con rapidez, Pato atrapó una rana bastante grande debajo de su bota, apretándola lo suficiente para que no pudiera escapar. Parado así, erguido, mirando a su desafortunada víctima, con las cañas de las botas reflejando los últimos rayos de sol, con la punta de su pie izquierdo adelantada, oprimiendo a la rana bajo su suela, me dí cuenta repentinamente de mi excitación, y me preocupé fugazmente de que Pato no notara mi erección, aunque su atención estaba puesta en lo que sucedía bajo su pie. Yo miraba transfigurado, tratando de mantenerme tranquilo, pero ardiendo de excitación por dentro, viendo al pobre bicho atrapado donde me gustaría estar a mí.

-“¿Qué le vas a hacer?”- pergunté con una voz débil y trémula, que delataba mi emoción.
-“La voy a reventar” - fue su respuesta, dicha con una naturalidad casi infantil.
-“¿Porqué?”- le pregunté, esperando que no cambiara de opinión, aunque trataba de parecer ajeno a lo que hacía, ya que me daba vergüenza que él se pudiera dar cuenta de cuanto me excitaba, y de que mi fantasía me ubicaba a mí en el lugar de su víctima.
-“Porque me divierte pisarlas y ver como revientan. Vení, mirá.”

Y mientras yo miraba como en trance, Pato comenzó a pisar con más fuerza a la rana, que asomaba por la punta de su pie, hinchándose cada vez más por la presión. Repentinamente, Pato levantó su pie, y la rana maltrecha, trató de saltar para escapar, pero solo logró arrastrarse lastimosamente por el barro. Pato la sigió unos pasos, con una sonrisa perversa en la cara, y luego la volteó con la punta de su bota para que quedara panza arriba. Luego, mirándola como un verdugo a punto de ejecutar al condenado, le puso el taco de la bota encima y comenzó a aplastarla nuevamente. Sólo se veían las patitas traseras asomar por debajo de su taco mientras retorcía su pie de lado a lado, triturando a la pobre rana. Cuando levantó su pie para inspeccionar los resultados, de la rana sólo quedaba un amasijo informe aplastado contra el barro.

-“¿Porqué no probás? Es divertido”- me animó. Yo encontraba mucho más divertido mirarlo a él, pero para no ser menos, elegí una ranita pequeña que estaba a cierta distancia, y la pisé. A pesar de que hacerlo me daba un poco de asco, se mezclaba con una cierta sádica cuóta de excitación. Cuando levanté mi zapatilla, la rana aún se movía.

-“Creo que tus botas son más efectivas que mis zapatillas”- le dije, casi como una invitación, que él aceptó, acercándose y destrozando a la rana con un tacazo violento que la hundió en el barro duro.

Lo miré mientras, con una sonrisa permanente, buscó entre los pastos crecidos más ranas que pisar. Encontró cuatro más, que despachó de distintas maneras. Yo veía como bajo sus pies iban sucumbiendo los pobres bichos, aplastadas sin compasión por la suela o el taco de sus magníficas botas de montar. Finalmente, a medida que oscurecía, decidió que era hora de volver, así que montamos nuevamente y volvimos al casco.

Cuando ya habíamos llevado los caballos al establo y entramos a la casa principal, Pato hablaba de unos discos que me quería hacer oír, mientras que mi mente repetía febrilmente las escenas que había presenciado un rato antes. Él parecía ni acordarse de ellas, ya que luego de volver ni mencionó el tema. Yo me salía de la vaina por hacerlo, y buscaba la oportunidad adecuada. Esta no se dió hasta luego de cenar, cuando Pato y yo nos fuimos a dormir. Su madre había ido esa tarde a visitar a una amiga en el pueblo, donde pasaría la noche, así que, excepto por los sirvientes que dormían en otra construcción, estabamos solos. Escuchamos esos discos que Pato quería compartir conmigo, aunque mi mente divagaba y ni recuerdo si me gustaron. Al fin nos acostamos. Hacía frio de noche, así que teníamos pesadas mantas sobre la cama, y nos habíamos puesto pijamas de frisa y medias de lana. Ya habíamos apagado la luz, y luego de un rato de charla, nos quedamos en silencio. Yo no sabía como sacar el tema, y temblaba de nervios, pero al final me animé:

-“Che, Pato, ¿dormís?”
-“No. ¿Qué pasa?”
-“Me quedé pensando en las ranas.”
-“¿Qué hay con ellas?”
-“No, nada, una boludez”- traté de disimular, cada vez más nervioso.
-“¿Qué?”- insitía Pato, ya curioso.
-“Me pregunto qué sentirán, qué pensarán cuando las pisás así.”
-“¡Qué sé yo! La verdad, nunca me lo pregunté.”

No sabía como llegar adonde quería, es decir, a la oportunidad de estar cerca de esos pies que cada vez me excitaban más. Luego de un silencio incómodo, me arriesgué:

-“Me gustaría saber lo que se siente…”
-“¿Qué?”- me preguntó.
-“Ser pisado así por alguien.”

Pato prendió la luz, y sentí que se movía en la cama. Yo me tapaba con las frazadas, para que no viera mi cara sonrojada por la vergüenza. Luego de un ratito, me destapé un poco y lo miré. Estaba apoyado sobre el codo, mirándome con una sonrisa maliciosa dibujada en su boca.

-“¿Querés probar lo que se siente?”- me preguntó casi burlón.
-“¿Q-q-qué querés decir?”- balbuceé.
-“¡Vení!”- me ordenó - “acostate acá en el piso.”

A pesar del frio que hacía en la habitación, salí de la cama sintiendo cada vez más el calor de la excitación. Me acerqué en silencio hasta el costado de su cama, y me acosté sobre la pequeña alfombra raída, mientras él me miraba divertido sin destaparse siquiera. Me hizo esperar unos segundos, disfrutando de mi humillación, y luego se incorporó, destapándose hasta la cintura, y mirándome a los ojos.

-“¿Querés que te pise, Roberto?”- me preguntó en voz baja, casi ronca. Creí detectar un deseo en esa voz, pero estaba demasiado ocupado tratando de controlar mis nervios para fijarme en esos detalles.

-“Creo que sí” - le contesté, asustado de que se diera cuenta de cuánto deseaba sentir sus pies sobre mí.

Se sentó sobre el borde de su cama, y puso sus pies en el piso, casi tocándome. Levantó el derecho y me hizo una seña para que me acercara hacia él. Me acomodé con mi panza justo debajo de su pie, que fue bajando lentamente hasta que su media de lana se posó sobre mi piel. Fue como una descarga eléctrica que me hizo sobresaltar levemente. Pato comenzó a masajearme la panza con el pie derecho primero, y luego con los dos, mientras me miraba, curioso. Yo comencé a sentirme más confiado, viendo que él parecía disfrutar de la situación. Mientras jugaba conmigo, se reclinó hasta apoyar la espalda contra la pared, cerrando los ojos. Yo me animé a preguntarle si quería que le masajeara los pies, a lo que respondió que sí. Así que comenzando por el pie izquierdo, que tenía más cerca de mi cara, le saqué la gruesa media de lana y me quedé con su pie descalzo a pocos centímetros de mi cara, sosteniéndolo con mis manos. Comencé a masajearlo con los dedos y los pulgares, haciendo que de vez en cuando se le escapara un gemido de placer. Yo estaba cada vez más excitado, y sentía la erección dentro de mi pijama.

Sus pies eran hermosos, bien formados, con los dedos formando un ángulo desde el dedo gordo. El tamaño parecía un 43, con un buen arco, y apenas con alguna callosidad en el talón, que no hacía más que acentuar la masculinidad de su pie. Mientras lo masajeaba, me agradó ver los pelitos rubios sobre el empeine, y sobre los dedos de su pie, brillando cobrizos contra la piel blanca.

Pato parecía gozar del servicio que le estaba brindando, pero yo quería más. Como al descuido, dejé que su pie se me deslizara de las manos, cayéndome sobre la cara. Pato se sobresaltó, pero al ver que no hice ningún intento de sacarlo, me lo dejó, y comenzó a frotarme la cara bajo su pie descalzo. Esto le picó la curiosidad a Pato, que se incorporó para mirarme. Al hacerlo, se dió cuenta de lo excitado que yo estaba, y, quitándose la otra media, me colocó su otro pie sobre mi miembro, amasándomelo bajo su planta.

¡Dios! Nunca antes alguien me había hecho esto; mi excitación iba en aumento, y esperaba no acabar demasiado pronto. Comencé a masajearle la pierna derecha, subiendo mi mano por el pantalón de su pijama, y controlando de paso que el movimiento de su pie no me hiciera correr. Mientras tanto, su otro pie seguía aplastándome la cara sin ninguna contemplación, y me animé a pasarle la lengua por la planta, y chuparle los dedos. Al hacerlo, Pato soltó un alarido de placer, y se desabrochó el pantalón para masturbarse.

Lo único que me faltaba para completar esa escena era ver su miembro, ¡y no lo podía creer! Espiándolo por entre los dedos de su pie en mi cara, veía como su pija gruesa y morcillona se iba endureciendo entre sus dedos. Yo le chupaba el pie con más entusiasmo, a la vez que su poronga adquiría mayor tamaño. Su mano derecha subía y bajaba por un mástil grueso y largo, y a pesar del placer de chupar sus pies, también comencé a desear tener su pija en mi boca.

No pude resistirme a la tentación, y me incorporé para tomar su verga y metermela en la boca. Pato pareció apenas sorprendido, pero no opuso resistencia, gruñendo y gimiendo de placer mientras mi lengua bajaba y subía por ese tronco de carne, y mis labios chupaban golosos el glande hinchado y cabezón de su miembro.

Luego de un rato, no pudo más y se paró, tomándome la cabeza por las orejas, y obligándome a mamarle la verga, sin preocuparle como me atragantaba con ella. Luego de un largo rato de gozar de mi boca con su pija, sintió como el cuerpo se le estremecía por la explosión que llegaba. Se arqueó hacia atrás, agarrándome del pelo con una mano, y de la base de su pija con la otra, apuntándome mientras gritaba su clímax. Yo miraba excitado como su miembro me apuntaba a la cara, hasta que con un grito animal Pato me acabó en la boca abierta, que se cerró sobre su pija cuando aún disparaba chorros de leche.

Al acabar, Pato se desplomó sobre la cama, sonriendo plácido, con los ojos cerrados.

-“Me encantó…”- repetía - “me encantó…”

Dejé que descansara un rato, mientras me coloqué de vuelta debajo de sus pies descalzos. El apenas movía sus pies sobre mi panza, hasta que le tomé el pie derecho por el tobillo, y me lo coloqué sobre mi pija, que se había ablandado nuevamente. Cuando Pato sintió esto, comenzó a amasarme una vez más bajo su pie. Se sentó al borde de su cama, y me dijo:

-“Me había olvidado que querías saber lo que se siente ser pisado por mí.”

Diciendo esto, se paró a mi costado. Ya se había quitado antes el pantalón del pijama, así que tenía puesto el saco del pijama, pero estaba desnudo de la cintura para abajo. Su pija colgaba morcillosa, apuntándome desde la altura, y sus piernas gruesas, musculosas y peludas estaban abiertas sobre mí. Levantó su pie derecho por encima de mi panza, y lo dejó caer sobre ella con no demasiada fuerza, pero suficiente para hacerme perder el aire. Luego se paró sobre ese pie, descargando todo su peso sobre mi panza. Apenas podía soportar su peso, pero aguanté hasta que apoyó su pie izquierdo sobre mi pecho. Sonreía viendo el empeño que ponía en aguantarmelo parado sobre mí. Corrió su pie izquierdo hasta tenerlo sobre mi cara, y lo bajó lentamente sobre ella, aplastándome la nariz sin piedad. Pero, a pesar de todo, yo disfrutaba cada vez más de su dominación, y me esforzaba por demostrarle que me la bancaba.

Finalmente, se apiadó de mí, y se bajó, parándose a mi costado. Su pierna izquierda estaba más cerca de mi cara, así que me tomé de ella con mi brazo derecho, masajeándola desde el tobillo hasta la ingle, rozando su miembro distraídamente. Mientras, Pato me puso el pie derecho sobre mi pija, que ya estaba dura, y me comenzó a masturbar debajo de su pie. ¡Cómo gocé con eso! Cada vez más rápido, su pie subía y bajaba, sobándome la pija, acercándome al momento de acabar. Mientras sentía como se acercaba la eyaculación, lo miraba a Pato desde el piso: su cara apuesta, sus manos recias, su pija gruesa y viril, sus piernas fuertes como troncos, y esos pies que me estaban haciendo gozar… Cuando sentí que estaba por acabar, grité de placer, y Pato me hundió el talón de su pie en la base de la pija; mi leche saltó como un volcán, mojándome hasta la cara. Oleada tras oleada me sacudieron, mientras sentía la presión del pie de Pato sobre mí. Cuando terminé, acostado exhausto a los pies de Pato, él aflojó la presión de su pie y me sonrió sin hablar. Yo me levanté, y besé su pierna derecha, como agradeciendo el placer que me dió.

Nos levantamos para ducharnos rápidamente, y luego me vestí con una camiseta, ya que mi pijama estaba empapado de leche. Nos acostamos nuevamente, y antes de apagar la luz, Pato me miró y me preguntó, con una sonrisa socarrona:

-“Y… ¿valió la pena saber lo que se siente ser pisado como si fueras una rana?”

Yo le sonreí de vuelta, y no le contesté. ¡Claro que había valido la pena!