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LA RESIDENCIA
autor: gustavo

El año pasado, en septiembre, me trasladé por unos meses a Moscú para
estudiar ruso. Allí me alojaron en una residencia de estudiantes y tuve
que compartir habitación con Paco, un chico de Canarias. Él había
llegado unos días antes que yo y me recibió con mucha amabilidad. Paco
era menudo pero bien proporcionado, con una melena negra rizada, gafas
y vestía con botas negras, cazadora de cuero y camisetas de ACDC. Era
muy simpático y siempre estaba bromeando. Me gustó desde el principio
por su carácter pacífico y divertido.
Pocas semanas después de mi llegada empezó a hacer mucho frío y a nevar
y un buen día Paco llegó al cuarto y yo estaba limpiando mis botas y al
verme dijo: “Joe tío, yo tengo que hacer lo mismo hace días, pero no
tengo tiempo”, y mientras, “ se iba descalzando, como todos los días,
para no ensuciar el cuarto con la nieve. Entonces, sin pensarlo dos
veces le dije:”Si quieres te las limpio yo”, y enseguida me respondió
con una sonrisa “no tío no, ya lo haré yo”, entonces insistí “no me
cuesta nada, ya que estoy aquí con todos los bártulos...”, dudó un poco
y añadí “anda, venga”, y ya cogí una de las botas para empezar a
limpiarlas y entonces dijo él “bueno, pero entonces preparo una buena
cena, que he traído un vino estupendo”, y respondí “vale, como
quieras”, y se fue a la cocina y yo me quedé con sus botas.
Cuando metí la mano en el interior de una de ellas para manejarla
mejor, noté el calor que aún tenía y la humedad del sudor impregnado en
el cuero y saqué la mano para olérmela y percibir su aroma, me encantó.
La volví a meter y continué limpiando hasta acabar con las dos. Estuve
un buen rato y las dejé como nuevas y entre tanto él había preparado la
cena y cuando las vio dijo “¡Joooder, si las has dejado como nuevas!
Oye, gracias”, entonces dije sin darle importancia le dije “bueno,
ahora a cenar ¿no?”,y dijo “eso es, que creo que me ha salido una
tortilla deliciosa”.
Nos sentamos a la mesa y empezamos a cenar y a beber el vino que
realmente estaba buenísimo y cuando acabamos de cenar estuvimos
charlando un buen rato y nos acabamos la botella, entonces volvió a ver
las botas y me agradeció de nuevo mi trabajo y aprovechando mi estado
de semiembriaguez causada por el vino le dije “si a mí me gusta
hacerlo, de verdad, todo lo que está relacionado con calzado,
calcetines y pies, me gusta mucho”, él sonrió, pero me dio la impresión
de que con el vino no se había enterado y yo, que había sudado lo mío
para decirle eso, me fastidió e insistí “lo del calzado me encanta y
los pies también”, entonces sí que reaccionó y me preguntó “¿pero, qué
quieres decir con que te gustan los pies? ¿verlos, tocarlos?, o qué”,
así que le expliqué:“Me gusta verlos, tocarlos, su olor, su sabor, en
fin, todo”, y totalmente asombrado dijo:”¿Que te gusta su olor y
sabor?? ¡Anda ya! ¡Qué asco! No me lo creo, ¡qué asco!”, yo
insistí “Pues es verdad y si me dejas te lo demuestro” y gritó “¿Quéee?
¿De verdad?”, entonces le dije “Sí, vamos acércame un pie”. Se sacó un
pie de la zapatilla, yo no me atreví a sentarme en el suelo, así que él
alzó el pie hasta la altura de mis rodillas, se lo cogí, le quité el
calcetín y agaché mi cabeza para acercarme el pie a la boca. Yo estaba
nerviosísimo, el corazón golpeaba con fuerza y él me miraba con
curiosidad y casi no se atrevía a acercarme el pie. Tomé aire y apoyé
mi nariz en sus dedos y saqué la lengua para probar el sabor. Tenía el
pie algo frío, pero a la vez un poco sudado y di un primer lametón
bastante tímido, no quería que pensara que estaba deseando lamer sus
pies, me daba vergüenza. Yo estaba temblando de placer y me preguntó
medio en broma: “Qué, ¿está rico?”, y le dije “pues aunque no te lo
creas, tiene un sabor muy bueno”, y se rió. Más vale que nos habíamos
bebido una botella entera de vino, si no, no me habría atrevido y él no
habría querido hacer nada de esto. Enseguida me apartó el pie y
acabamos la charla y nos fuimos a dormir.
Esa noche no pude dormir de excitación y me corrí en la cama pensando
en lo que había hecho y en lo que podría hacer. Al día siguiente
parecía que nada había ocurrido, él no mencionó nada y daba la
impresión de que se le había olvidado todo. Yo, en cambio, no paraba de
pensar en ello y planeaba tretas para poder llevarme a la boca ese
delicioso manjar.
Pasaron los días con absoluta normalidad hasta que un día que yo estaba
leyendo tumbado en la cama, llegó quejándose del frío que hacía en la
calle. “He oído en la radio que estamos a 23 bajo cero!!” le dije, y
añadió “además anda un viento horrible, vengo helado”. Le pregunté si
quería que preparara un té y aceptó. Cuando volví al cuarto con la
tetera, estaba sentado encima de la cama, descalzo, con los calcetines
puestos frotándose los pies para entrar en calor. Le pasé una taza y me
senté en el suelo apoyándome en su cama, deje mi taza en una silla y
armándome de valor le dije “a ver, trae ese pie, que te lo frote yo,
que vas a entrar en calor en un momento”, cogí su pie derecho y empecé
a frotarlo con fuerza. Noté lo fríos que estaban sus calcetines y se
los quité diciendo que estaban helados y que eso no ayudaba a entrar en
calor. Él estaba cansado y se dejaba hacer de todo, además sus pies
estaban realmente helados. Así que después de frotarlos un rato y ver
que no reaccionaban, me aventuré a contarle una historia inventada de
cómo nos calentábamos los pies cuando íbamos de excursión a la montaña
con nieve. “Llegábamos al refugio, nos descalzábamos y por parejas nos
acercábamos los pies a la boca y soplábamos en los dedos el aliento
caliente y era la única manera de entrar en calor”, y me acerqué su pie
a mis labios y empecé a soplar suavemente mientras olía su delicioso
aroma. Yo temblaba otra vez de excitación por tener tan cerca sus pies,
que de vez en cuando tocaba “sin querer” con mis labios y en un
arranque irracional abrí la boca y me metí los cinco dedos y los chupé
con ansia,, entonces me gritó mientras apartaba el pie de la
boca: “¡Pero, qué haces! ¡No me los chupes, que están sucios!” y le
contesté medio en broma “baah, más sustancia. Mira, es que así se
calientan antes, además a mí no me importa chuparlos”, y dijo “se me
había olvidado que te gustan los pies, pero hombre, están sudados y me
da no sé qué que los chupes”, le dije que no se preocupara, que lo
había hecho otras veces y que funcionaba muy bien y que en el fondo me
gustaba bastante y que lo disfrutaba. Se sonrió y se quedó más
tranquilo y me dejó continuar mi labor tranquilamente mientras se bebía
el té. Realmente se notaba que había sudado ese día, porque sus pies
olían más intensamente que el día anterior, incluso, entre los dedos
encontré alguna bolita negra de sudor que me comí con gusto. Tenía unos
pies menudos pero bonitos, bien formados y unos dedos cortos pero con
las yemas muy carnosas. Me había calmado y chupaba sus dedos uno a uno
con más tranquilidad, pero a cambio tenía la polla durísima. Estaba
consiguiendo mi objetivo de que él viera con cierta normalidad el que
yo le lamiera los pies. Ese día no quise excederme y cuando noté que
tenía los pies templados le dije “bueno, ¿qué tal?, creo que ya están a
tono ¿eh?”, “síii, respondió, gracias tío, muchas gracias”. Ni se
imaginaba que era yo quien quería darle las gracias, pero lo dejé así.
De todas formas le aclaré que estaba dispuesto a repetirlo siempre que
lo necesitara y él asintió y dijo: “Estupendo, lo tendré en cuenta”.
Lo mejor de todo es que después de esto seguimos haciendo nuestras
cosas como si nada hubiera pasado y eso me gustaba, parecía que él no
le daba mucha importancia al asunto.
Así seguí calentándole los pies de manera regular durante los días
siguientes y ya todo era como una rutina. Yo siempre intentaba estar en
la habitación para la hora que él llegaba, se descalzaba y solicitaba
el servicio cada vez con más naturalidad y eso me hacía tener cada vez
más confianza y día a día le lamía los pies con más intensidad y a él
le hacía hasta gracia.
Un sábado estaba yo leyendo encima de la cama y llegó con Misha, un
amigo ruso, y me lo presentó y yo no sabía si se lo habría contado todo
y si me iba hacer calentarle los pies como todos los días. Ellos venían
con unas cuantas cervezas y además habían estado en un bar bebiendo un
rato, así que venían contentos, de buen humor y haciendo chistes y
riéndose. Por un lado yo quería guardar en secreto la práctica que para
mí era íntima, pero por otro no me importaba tener a otra persona de
confianza para probar sus pies, de todas formas no me dio mucho tiempo
a pensar demasiado, porque una vez se habían descalzado y dejado las
botas a la entrada, pasaron, se sentaron junto a la mesa y Paco me dijo
con tono de broma y mirándome con una sonrisa de pícaro:”Hace un frío
que pela y traigo los pies helados”, así que al oír esto me empezó a
latir el corazón fuertemente y me dio vergüenza, porque Misha empezó a
reírse y entonces me di cuenta de que se lo había contado.
Me acerque a ellos y de una forma un poco sumisa me arrodillé ante
Paco, dándole la espalda a Misha, y le quité los calcetines. Tenía los
pies realmente helados y cogí el pie derecho, me lo acerqué a la boca y
al abrirla fue él quien me lo metió todo lo que pudo. Yo me quedé
sorprendido porque siempre lo hacía con mucho cuidado y respeto, pero
aquel día como estaba delante de un amigo, se había envalentonado y
quería demostrar que él dominaba la situación. Yo no dije nada porque
además ese gesto me gustó mucho. Así estuve chupándole los pies
mientras charlaban y bebían. A Misha le hacía mucha gracia todo esto y
se reía viéndome entre él y Paco lamiendo sin parar los pies de éste.
Mientras chupaba un pie, Paco me ponía el otro en el hombro para
descansar y yo tenía la polla enorme, era maravilloso. Al rato Paco me
dijo: “Bueno, ya está, ya los tengo calientes, ahora le toca a Misha” y
ambos estallaron en una sonora carcajada. Me di media vuelta, me puse
frente a Misha y Paco apoyó sus pies en mis hombros y entonces vi mejor
al ruso, que estaba un poco avergonzado de que le fuera a chupar los
pies pero los arrimó enseguida para que le quitara los calcetines.
Misha era bastante alto y corpulento, tirando a rubio y muy sonriente.
Tenía unos pies enormes, serían del 44 o 45, y cuando le quité los
calcetines vi unos pies huesudos, largos y preciosos. No tardé en
llevármelos a la boca para sentir el sabor a sudado. Estaban fríos y
húmedos y empecé a comérmelos como un loco. No me cabían los cinco
dedos a la vez y tardé más en ponérselos a punto. Disfrutaba y me
quedaba las horas lamiéndole cada rincón de sus pies hasta que Paco
protestó diciendo que se le habían vuelto a enfriar. Me di de nuevo la
vuelta y recomencé con los pies de Paco. Como Misha tenía unas piernas
muy largas, no podía apoyar los pies en mis hombros y pasó las piernas
por encima de ellos apoyando los pies en mi regazo. De esta manera pasé
otro rato hasta que Paco dijo que ya bastaba y que le trajera las
zapatillas. Hasta ese momento yo estaba tan ambientado en mi papel que
cuando me lo pidió y viéndome entre los pies de ambos, ni se me ocurrió
levantarme, sino que pasé a cuatro patas por debajo de la mesa y me
dirigí hacia la cama, donde estaban las zapatillas y fue entonces que
empezaron a gritar y a morirse de risa por verme por el suelo. Yo,
hasta entonces era el calientapiés, pero nada más, sin embargo yo ya
había asumido tácitamente un papel de perro o de esclavo y sólo me di
cuenta al oír sus risotadas. No di marcha atrás y cogí las zapatillas
con la boca y se las llevé hasta los pies de Paco como un perrito fiel.
Ellos continuaban riéndose y Paco me dijo:”Vaya, así que además de
lamer pies te gusta ser mi perrito”, yo asentí con la cabeza mientras
me daba golpecitos con el pie ya calzado con la zapatilla.
Paco se levantó al baño y allí me quedé a cuatro patas delante de Misha
sin saber qué hacer. Pero Misha rompió el silencio y me dijo:” Como yo
no tengo zapatillas tú vas a hacer de zapatillas para mí”, se rió
mientras me ponía un pie en el cuello y otro en la espalda y me empujó
hacia el suelo a la vez que decía “¡abajo, venga baja!”, hasta que me
quedé tumbado en el suelo bajo sus pies como una alfombra. Yo apoyaba
media cara en el suelo mirando hacia su lado. Él apoyaba un pie en mi
cara de manera que su talón entraba en mi boca y la planta me tapaba
todo el moflete. El otro pie lo sentía por mi espalda.
Por fin llegó Paco del baño y se rió al ver la escena y Misha le
explicó mi función en el suelo y le pareció estupendo. Se sentó y apoyó
sus pies con las zapatillas puestas en mi espalda, porque la altura de
mi cuerpo le era cómoda para los pies, como un escabel, y continuaron
charlando y bebiendo media hora más. De vez en cuando Misha recolocaba
su pie en mi cara y se rascaba el talón o la planta con mis dientes y
ya ni siquiera me miraban. Yo gozaba de cada instante y no podía ver
nada más que las patas de la silla de Misha y a él de refilón. Me
imaginaba la escena y me excitaba aún más. Notaba la polla aplastada
contra el suelo y me daban ganas de frotarme contra él, pero se habrían
dado cuenta y no me atreví. Cuando acabaron sus cervezas me dijeron que
ya estaba, que se había acabado y que Misha se iba.
Quitó los pies de encima, Paco también, y me hizo ponerle los
calcetines no sin antes darle un último repaso con la lengua a sus
dedos uno por uno. Se levantaron, Misha se calzó y salieron al pasillo
para despedirse y entonces Paco me obligó a salir a cuatro patas para
despedirme de Misha. Yo tenía miedo de que saliera alguien al pasillo,
pero era tarde y todo estaba tranquilo y a decir verdad en el fondo me
quedé con las ganas de saber qué habría ocurrido si me veía alguien. En
fin quizás sea mejor así. Ya cuando se despedían Paco dijo:”¡Anda!, se
me ha olvidado que Gustavo te podía haber limpiado las botas de
maravilla, es un especialista, ¿verdad?” yo asentí con la cabeza. Pero
antes de que se fuera, Paco cogió un trapo y me lo tiró al suelo
delante de mi cara y me dijo:”Limpia mamón, limpia las botas de Misha”
y yo cogí el trapo y le froté las botas hasta dejarlas limpias ante las
carcajadas de los dos. Después Paco me hizo entrar al cuarto y aún vi a
Misha alejándose por el pasillo mirando hacia atrás y riéndose. Me
sentí felizmente humillado. Sabía que me había convertido en su esclavo
para el resto de la temporada y el ser consciente de que la situación
se estabilizaba de esta manera me daba tranquilidad. Yo adoptaba ese
papel y él me aceptaba y disfrutaba de mis servicios con absoluta
naturalidad, ¿qué más podía desear?
A partir de aquel día mi estancia en Moscú giraba en torno a Paco y a
los servicios que me obligaba a realizar. Limpiaba sus botas todos los
días sin excepción, me ocupaba de recoger el cuarto, limpiaba el baño a
diario y también la cocina, de modo que él no tenía que preocuparse de
nada, sólo de disfrutar de su estancia y a lo sumo de ordenarme cosas.
Yo era feliz, porque además prácticamente todos los días tenía mi
recompensa a base de pies. Me permitía lamerle los pies siempre que
hubiera acabado mis obligaciones de limpieza. Algún día más vino Misha
y ese día era una fiesta para mí, porque no paraba de chupar pies, pero
en general me dediqué de lleno a servir a Paco.
Hoy escribo esto con nostalgia, porque un día Paco y yo tuvimos que
volver a España y ya no sé nada de él, pero confío en volverle a ver y
recordar los tiempos en Moscú.

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