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MI HISTORIA COMO CHUPADOR DE  PIES   PRIMERA PARTE


 Mi familia estaba formada por mis padres y un hermano cuatro años mayor que yo. Los primeros recuerdos de los que tengo plena consciencia están en torno a cuando yo tendría unos ocho o nueve años. La diferencia de edad con mi hermano, aunque no excesiva, si era lo bastante significativa en esa época en la que él empezaba a experimentar los primeros cambios de la pubertad.
 Mi relación con él fue volviéndose más complicada. Compartíamos la misma habitación y las discusiones y peleas entre nosotros eran cada vez más frecuentes por cualquier tontería, y como es lógico, yo tenía siempre las de perder, pues su mayor envergadura y fortaleza física se imponían sin dificultad.
 Un día en una de estas peleas ya habituales, la discusión subió de tono y de repente me agarró y haciéndome una especie de llave de judo me tiró al suelo. Caí de espalda e inmediatamente se colocó encima para inmovilizarme. Rápidamente se quitó los zapatos que llevaba y colocó las plantas de sus pies, todavía con los calcetines puestos, encima de mi cara. Empezó a restregármelos sin que yo pudiera hacer nada por impedirlo. Después se quitó los calcetines y volvió a repetir con los pies descalzos la misma operación. Sus pies eran grandes y sudaban bastante por lo que mi madre continuamente le advertía que debía lavárselos más a menudo, pues según ella el olor que desprendían era insoportable.
 Era la primera vez que me hacía aquello, y mi reacción se basó en la lógica esperada de repugnancia, resistiéndome y tratando de liberarme con todas mis fuerzas. Ante el fracaso de mis intentos por conseguirlo, comencé a llamar a mi madre, por lo que mi hermano no tuvo más remedio que soltarme.
 Sin embargo, tengo que confesar, que una vez libre y a pesar de lo rápido que había sucedido todo, el recuerdo de sus pies calientes y húmedos sobre mi cara, y el de su olor fuerte y penetrante, no podía apartarlos de mi mente y a pesar de mi propia extrañeza, deseaba que se volviese a repetir cuanto antes.
 Aquel deseo me obsesionaba. Durante varios días traté de provocarle y hacía o decía todas aquellas cosas que por experiencia sabía que le molestaban, esperando que su reacción volviese a propiciar la repetición de lo que había sucedido en esa ocasión. Sin embargo, inexplicablemente, a pesar de todos mis esfuerzos, no conseguía que mi hermano estallase y en contra de lo que era habitual llevábamos bastante tiempo sin que se produjesen peleas o discusiones.
 Supongo que eso contribuyó a que mi obsesión y mi deseo se hiciesen más fuerte. Por la noche, al rato de acostarnos, me levantaba y recogía los calcetines sucios que acababa de quitarse. Volvía a la cama con ellos y durante un buen tiempo me los pasaba oliéndolos para recordar aquel instante.
 Una tarde estaba yo solo en la habitación. Se abrió la puerta y entró mi hermano, se acercó a mí y sin decir ni una sola palabra y sin ningún motivo, me cogió y me tiró al suelo. Parecía que al fin volvería a suceder lo que había estando esperando ansiosamente durante bastante tiempo. Esta vez no pensaba oponer mucha resistencia ni hacer nada que interrumpiese aquel momento. Él parecía también consciente de la importancia que para mí tenía aquello. Estaba muy tranquilo y una característica sonrisa suya se reflejaba en su rostro.
 Como todos los sábados había estado jugando un partido de fútbol con sus compañeros de clase y traía todavía puestas las zapatillas de deporte. Muy despacio comenzó a desanudar los cordones y después se quitó las zapatillas. Acercó los pies a mi cara, pero sin tocarme, poniéndolos a unos dos o tres centímetros de mi nariz. Los calcetines blancos que llevaba estaban sucios y el olor que desprendían sin duda por el sudor del ejercicio realizado era más fuerte que el de la vez anterior. Estuvo así durante unos minutos, hasta que poco a poco los fue acercando más hasta ponerlos encima de mi cara. Los calcetines estaban empapados del sudor y a modo de manoplas iban humedeciéndome lentamente la frente, las mejillas, el cuello, Más tarde se quitó los calcetines y colocó de nuevo los pies descalzos sobre mí. Al cabo de varios minutos, el contacto se su piel con mi piel, hizo que sus pies comenzaran a sudar sobre mi cara, lo que permitía que éstos resbalasen suavemente sobre ella. El olor era ahora mucho más intenso y excitante, sobre todo en las zonas de entre los dedos, en donde se mezclaba el nuevo sudor y los restos más pastosos del sudor acumulado durante el partido.
 Decidí participar un poco más en aquel momento de placer. Agarré con mis manos sus pies y acariciándolos los movía hacia las zonas que más me apetecía. Comencé a besarlos. No sé cuanto tiempo estuvimos así, pero desde aquel día todo fue diferente en adelante entre nosotros.
 Sobre todo, los días en que él iba a jugar el partido de fútbol, yo le esperaba ansiosamente en nuestra habitación. Cuando al fin llegaba, se sentaba en un sillón y yo, en el suelo, de rodillas frente a él le quitaba las zapatillas de deporte, después los calcetines y de una forma muy ceremoniosa me inclinaba agachando la cabeza, cogía entre mis manos sus pies desnudos y acercándolos a mis labios los besaba suavemente en señal de agradecimiento por la felicidad que me proporcionaban. A partir de ese momento era como si entrara en el paraíso. Los apretaba contra mi pecho, los acariciaba, los olía, me empapaba toda la cara con el sudor que desprendían. Después comenzaba otra ceremonia para lavarle y refrescarle los pies. Pero para ello no utilizaba agua, sino que poco a poco, con mi lengua iba chupándole el pie, eliminando todos los restos de sudor o suciedad que pudiesen tener. Cuando llegaba a la zona de los dedos, la más sabrosa, el placer que sentía es difícil de describir. Primero metía sus dedos completamente en mi boca durante un tiempo para empaparlos con mi saliva. Después iba metiendo la lengua entre los dedos hasta alcanzar todos los rincones y los relamía uno a uno. Por último, metía unos cubitos de hielo en mi boca y chupándole de nuevo los pies los refrescaba.
 Con el tiempo los cambios de la pubertad me llegaron también a mí. Ahora las sensaciones se hacían más intensas. Durante las sesiones en las que disfrutaba de los pies de mi hermano, la polla se me ponía dura y tiesa como una estaca, hasta que un día al fin, por primera vez, con una gran excitación y placer terminé corriéndome mientras chupaba apasionadamente sus calientes y olorosos dedos.
 Poco tiempo después mi hermano me volvía a dar prueba del grado de complicidad que con el tiempo habíamos alcanzado. Era verano y hacía mucho calor. Llegó a mi casa llevando unas sandalias de goma que una tía nuestra le había regalado y que nunca se ponía, porque con el calor la goma aumentaba la sudoración de sus pies, mucho más, si como en ese día, no se las ponía con calcetines. Mi madre notó el olor al momento y le ordenó que se quitase las sandalias y se lavase los pies. Por mi parte nada más verle se me empinó la polla y subí detrás de él sin poder apartar mi mirada de sus pies hasta llegar a nuestra habitación.
 Como de costumbre, me arrodillé delante del sillón en el que ya estaba sentado y le quité las sandalias de goma. La mayor sudoración que habían soportado se notaba a simple vista. Un caldillo negruzco y caliente le cubría los pies, sobre todo entre los dedos y en las plantas. El olor también era más intenso. Esa tarde tendría un verdadero festín. Tras besarle los pies, cogí entre mis manos su pie izquierdo y empecé a lamerlo con la lengua, mientras él descansaba el pie derecho encima de mi muslo izquierdo. Seguía chupándole el pie cuando empecé a notar como muy despacito empezó a meter el pie derecho por el pernil de las calzonas que yo llevaba puestas, hasta que acabó poniéndolo encima de mi polla. Nunca había sentido algo como aquello. Su pie, aplastando mi polla, ardía como una brasa encendida y chorreaba sudor que goteaba por mis ingles. Después comenzó a mover el pie hacia arriba y hacia abajo, frotando suavemente con sus dedos mi polla. Durante un tiempo no supe ni en donde estaba. Cerré los ojos y aunque continuaba disfrutando del otro pie, no puedo decir si lo chupaba o lo mordía. Al final, mi polla ya no podía aguantar más y estalló derramando su leche sobre aquel maravilloso pie.
 Jadeando, empapado en sudor, poco a poco volví en mí. Abrí los ojos y miré hacia arriba buscando la cara de mi hermano. Una sonrisa iluminaba todo su rostro.