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LOS PIES DE MI PRIMO
HISTORIA REAL ENVIADA POR JULIAN
Yo tenía unos 13 años y ya entonces sentía una fuerte atracción hacia los pies masculinos, aunque aún no terminaba de asimilar de que extraña clase de perversión se trataba. No lo entendía, pero me excitaba demasiado. Mi pasatiempo era observar los pies de cuanto hombre me cruzara, adoraba los tiempos de calor cuando todos mostraban sus pies descalzos, en ojotas o sandalias, claro que todo eso es algo que sigo disfrutando hasta el día de hoy. Mi primo Ignacio es 2 años mayor que yo, siempre compartimos salidas, juegos y momentos agradables, en los que no podía dejar de admirar sus pies siempre que había oportunidad. Eran bastante más grandes que los míos, no recuerdo cuanto calzaba pero estimo que eran casi de tamaño adulto aunque él tenía 15 para ese entonces. Sus dedos largos y sus plantas perfectas distraían mi atención en todo momento cuando usaba sus ojotas, en aquellos veranos rosarinos.
Llegó un fín de semana que sin dudas me marcó para siempre. Todo el sabado lo pasamos mirando películas y jugando video-games entre otras cosas. Finalmente esa noche se quedaría a dormir en mi casa. No era la primera oportunidad, pero por alguna razón esta vez sucedió algo diferente. Luego de unas pizzas en familia y unas cuantas horas de trasnoche mirando televisión, decidimos ir a dormir. En mi cuarto tenía una cama simple, por lo tanto para acomodarnos mejor nos acostamos en forma opuesta, es decir que sus pies quedaron muy cerca de mi cara, peligrosamente cerca. La televisión de mi cuarto quedó encendida, pretendí estar mirandola como una forma de mantener algo iluminada la habitación, pero el verdadero objetivo de mis ojos eran esas plantas enormes y esos dedos largos, no podía creer tenerlos tan cerca. Ignacio estaba acostado boca arriba y destapado (hacía demasiado calor). Al poco tiempo su respiración fué más fuerte, casi como emitiendo un leve ronquido. Evidentemente estaba dormido, y seguramente ustedes me entienden: hay ciertas cosas que no se pueden evitar. Moví lentamente mi cabeza para estar más cerca de esos pies hermosos. Estando mis ojos, mi naríz y mi boca a apenas milímetros, podía sentir el calor que emanaba de su piel y un leve olor que me resultaba sumamente agradable. Pude oler muy de cerca los espacios entre sus dedos mientras la excitación crecía cada vez más. Ya no podía soportar tener ese par de pies casi pegados a la cara y no tocarlos. Entonces simulé estar dormido (pero para poder ver sus pies la televisión seguía encendida, por supuesto). Como cualquier persona dormida que realiza ciertos movimientos involuntarios, de la misma manera moví mis brazos, para que mi mano quedara tocando las plantas de sus pies. Debo reconocer que el movimiento fué relativamente brusco, y que para mi sorpresa no hubo ningún tipo de reacción por parte de Ignacio, que continuaba respirando fuertemente. La excitación ya era incontenible: mis dedos estaban frotando la piel de una de las plantas de Ignacio, una piel muy jóven y suave pero a la vez masculina, que aún recuerdo como si esto hubiera ocurrido ayer. Cada vez el movimiento de mi mano fué más fuerte, frotando su piel, bajando hasta el talón, subiendo hasta los dedos y dando la vuelta hasta el empeine. Acaricié esos pies por todos lados hasta necesitar avanzar un paso más. Es que ya no estaba satisfecho con tocar sus pies, necesitaba besarlos, por eso acerqué mi boca. Besé y pasé mi lengua por cada centímetro de su piel, introduje en mi boca y pude lamer cada uno de esos dedos largos y sensuales. El momento más increíble se hacía realidad: tenía los pies hermosos de mi primo todos para mí, podía tocarlos, olerlos, besarlos y lamerlos sin que él tuviera la mínima idea de lo que yo estaba haciendo. Puedo asegurarles que estuve jugando con sus pies durante un par de horas. Cada tanto observaba algún movimiento de sus brazos o inclusive de sus piernas, entonces dejaba de tocarlos y simulaba estar durmiendo, pero al rato nuevamente volvía a sus pies sin mayores problemas. A medida que pasaba la noche, cuando esos movimientos reflejos se hacían más frecuentes, decidí que era tiempo de dejar a ese par de bellezas en paz, no hubiera querido que Ignacio despertara y me encontrara chupandole los pies ¿que explicación podía darle? Pero claro, la noche no podía terminar sin masturbarme porque la excitación había sido muy fuerte. Me levanté de la cama (recién en ese momento mi primo se despertó) y corrí hacia el baño. Al regresar Ignacio ya había cambiado de posición, estaba acostado hacia el costado pero aún se podían ver claramente sus pies iluminados levemente por el televisor. Pensé repetir la experiencia más tarde, cuando estuviera seguro de que mi primo estuviera profundamente dormido otra vez, pero el sueño me venció a mí esta vez.
Al mediodía siguiente cuando nos despertamos, no hubo ningún tipo de comentario al respecto, nada extraño había percibido Ignacio, ni siquiera entre sueños. En cambio a mí, esa noche me cambió la vida. Fué mi primer experiencia con los pies de un hombre, y desde entonces vinieron muchas más, con hombres dormidos en su mayoría aunque algunas también con hombres despiertos. Con mi primo tampoco fué la última vez: al conocer lo profundo de su sueño y lo fácil que era disfrutar de sus pies, se hiciero mucho más frecuentes mis invitaciones para que se quedara a dormir en casa, a las que él accedía porque nos llevabamos muy bien. Hoy en día Ignacio está casado, muchas veces me invita a cenar a su casa y siempre que usa ojotas no puedo evitar fijar mi vista en ese par de pies hermosos y pensar cuantas noches de placer me proporcionaron durante nuestra adolescencia.