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LOS PIES DE PABLO

Ya había comenzado el curso hacía aproximadamente más de un mes, cuando sorpresivamente se incorporó  a la clase un alumno nuevo. La extrañeza y curiosidad que este hecho provocó en todos nosotros se vio incrementada por el hecho de que la imagen del muchacho no encajaba con la del resto de compañeros de la clase. Todos teníamos una edad comprendida entre 16 y 17 años, pero él parecía mayor. Más alto y desarrollado que nosotros, calculábamos que podía tener alrededor de los 19 años. Pero más que en la edad, las mayores diferencias estaban en su aspecto. En el colegio no llevábamos uniformes, pero todos pertenecíamos a familias de clase media alta y nuestra forma de vestir era muy similar y dentro de unos límites que en nuestro ambiente se podían considerar como correctos. Sin embargo él llevaba unos pantalones vaqueros muy gastados que apenas conservaban el color  en las zonas de mayor roce, con los bajos completamente rotos, camisa y cazadora tipo piloto y botas negras de aspecto militar. Aunque no llevaba el pelo ni muy corto ni muy largo, el corte del mismo si era peculiar, y además llevaba barba y bigote de varios días sin afeitar.
Pero pronto comprobamos que esta diferencia respecto a nosotros, no se limitaba solo a su aspecto físico. La mayoría de los profesores, sin duda influenciados por ese aspecto diferente, comenzaron a hacerle la vida imposible en la clase, pero él en lugar de acobardarse, se encaraba con valentía a ellos, aumentando su fama de alumno conflictivo y marginado.
Aunque ni mis compañeros ni yo apenas teníamos relaciones con él, desde el primer momento me cayó bien, seguramente porque veía reflejado en Pablo (así se llama) la fuerza y seguridad en sí mismo de la que yo carecía completamente. Como polo opuesto, mi timidez y retraimiento hacía que pasase completamente inadvertido en el grupo, por lo que yo también solo tenía relaciones imprescindibles y mínimas con el resto del grupo de compañeros.
Quizás por esta razón, después de varias semanas desde su llegada, Pablo poco a poco fue aproximándose a mí, y con sorpresa y alegría pude comprobar como en relativamente poco tiempo se fue desarrollando una buena relación de amistad entre nosotros. Me recogía todos los día en su moto, salíamos juntos e incluso comenzó a frecuentar mi casa. A pesar de su aspecto, mis padres no se opusieron a esta amistad, seguramente porque preferían aquella amistad a verme como el chico solitario y raro que había sido hasta entonces.
A Pablo le gustaba bastante la naturaleza y me fue convenciendo para que algún fin de semana le acompañara a una de sus excursiones en las que practicaba el senderismo.
Una vez que conseguí el permiso de mis padres acepté su invitación. El día de la partida, muy temprano cogimos el tren que nos llevó hasta un pueblo de la sierra, cercano al parque natural que íbamos a visitar. Con nuestras mochilas al hombro, Pablo me fue guiando por intrincados caminos de montaña, desde los que se divisaban paisajes extraordinarios. Comimos en el camino y ya por la tarde, cansados pero alegres, llegamos a una cabaña en donde pasaríamos la noche.
Entramos y al poco tiempo, de repente, cambió el carácter de Pablo. Con violencia me agarró por el cuello de la camisa y encarándose a mí y con voz potente me advirtió que allí mandaba él y que yo debería de obedecerle sin rechistar cualquier orden que me diese. Aquel cambio tan brusco me asustó, pero no podía marcharme de allí sin su ayuda, y además no sabía si aquello en realidad formaba parte de algún juego preparado por Pablo. Estaba sacando algunas latas de la mochila para la cena, cuando de un fuerte grito me llamó. Nervioso me acerqué hacía él. Estaba sentado en una silla y parecía dispuesto a empezar con su juego. Con voz autoritaria me ordenó que le quitase las botas. Como no hacía ningún movimiento para levantar las piernas y acercarme las botas, tuve que arrodillarme frente a él para desatarle los nudos, y una vez aflojado los cordones conseguí con algún esfuerzo descalzarlo. Tras quitarle los gruesos calcetines que llevaba, me ordenó que me tumbase en el suelo e inmediatamente colocó las plantas de sus pies sobre mi cara.
Después de la larga caminata de la jornada, tenía los pies ardiendo, mojados y apestando a sudor. Sin embargo, lo humillante de esta situación no hizo más que reforzar mi dependencia y admiración que hasta entonces tenía por Pablo.
Tras un rato en aquella posición, volví a ponerme de rodillas y me ordenó que le chupase los pies. Me parecía repugnante, pero no podía ni quería negarme a obedecerle, así que inmediatamente agarré uno de sus pies y empecé a lamerlo con la lengua. A pesar de la suciedad y el olor que desprendía el pie, extrañamente cuanto más lo chupaba, más me gustaba. A continuación metió los dedos del pie en mi boca para que los relamiera y después, empujando hacia adentro, intentaba  meter el máximo posible de su pie en el interior de mi boca. Poco a poco, sentía como sus dedos avanzaban hasta llegar a la garganta. El movimiento de sus dedos dentro de la boca estuvo a punto de hacerme vomitar. Cuando acabé con el primer pie, agarré el otro para repetir la misma operación.
Tras una tregua, preparé la cena y encendí el fuego de la chimenea. Cuando acabamos de cenar nos dispusimos para dormir. Entonces él me ordenó que me desnudase y me indicó que dormiría a los pies de la cama, atravesado, para que él pudiese calentar sus pies sobre mi cuerpo. Me coloqué como me había indicado y el se acostó colocando un pie sobre mi cara y el otro sobre mi pecho. Al cabo de un rato comencé a notar el sudor y el calor que desprendían sus enormes pies sobre mí. Cada vez me gustaban más. De repente, no sé si queriendo o casualmente, se movió y cambió de posición, de forma que el pie que estaba sobre el pecho lo colocó ahora entre mis piernas, pisándome con la planta de su pie la polla y los huevos. El tacto suave y caliente de su pie hizo que me empalmase al momento. Estaba cada vez más excitado y no pude reprimirme. Empecé de nuevo a chuparle el pie que tenía sobre la cara, mientras me masturbaba contra el pie caliente y húmedo que tenía entre las piernas, hasta que terminé por correrme con una fuerza y placer que hasta entonces nunca había conseguido.

Desde ese día Pablo se convirtió en mi amo y yo en su fiel esclavo. Con el paso del tiempo, cada vez me ordena que realice cosas más peligrosas, pero también más excitantes.
En la escuela, los días en que practicamos deporte, cuando regresamos a los vestuarios, Pablo y yo con mucho cuidado para no ser sorprendidos por el resto de los compañeros de clase, entramos en un pequeño almacén de material deportivo situado justo al lado de los vestuarios y cuya puerta no dispone de llaves ni pestillos para bloquearla desde el interior. Una vez dentro, me arrodillo ante Pablo y tras quitarle las zapatillas deportivas y los calcetines, comienzo a chuparle con pasión sus pies sudados. Entre el placer de sus sabrosos y cálidos pies en mi boca y la excitación de escuchar al resto de los compañeros al otro lado de la puerta, con el peligro de que en cualquier momento pueda abrir la puerta cualquiera y nos sorprendan en esa situación tan comprometedora, termino siempre corriéndome de gusto.

Algunas veces, en el comedor de la escuela, o en mi casa, cuando mis padres le invitan a que se quede a comer con nosotros, Pablo procura sentarse a la mesa justo en frente de mí. En el transcurso de la comida, a veces, no siempre, y sin que siga un patrón determinado en cuanto al día o al momento de la comida en que lo hace, de repente, estira su pierna por debajo de la mesa, y noto como coloca su pie descalzo entre mis piernas. Entonces yo, mientras sigo comiendo y hablando como si no ocurriese nada, disimuladamente procuro meter la mano izquierda bajo la mesa para acariciarle el pie. Continúo así, hasta que Pablo introduce en la conversación una palabra clave que para mí significa una orden suya. Entonces yo me bajo la cremallera de pantalón y retiro la mano, y él introduce su pie por la portañuela abierta (desde hace algún tiempo he dejado de utilizar calzoncillos para facilitarle esta maniobra). Los largos dedos de su pie tienen una destreza y una flexibilidad increíbles. Una vez dentro comienza a acariciarme la polla con sus maravillosos dedos y después, con una gran habilidad, es capaz de agarrarla entre el dedo gordo y el resto de los dedos de su pie hasta que acaba masturbándome. Cuando saca el pie, hago como que accidentalmente se me cae al suelo algún cubierto o la servilleta y me agacho para recogerlos, aprovechando la ocasión para besarle el pie en señal de agradecimiento.
Sin embargo otras veces, a pesar de suplicárselo con la mirada, acaba la comida castigándome sin poder disfrutar de su adorado pie.
También vamos al cine, a sesiones en las que no hay mucho público, y en cuanto comienza la película yo me tiro en el suelo para que él, después de quitarle los zapatos y los calcetines, descanse sus pies sobre mí. Mientras ve la película, yo le beso y le chupo sus hermosos pies.

Recientemente he obtenido el permiso de conducir y mis padres me han comprado un coche de segunda mano. Desde entonces, en cuanto podemos nos vamos con el coche a zonas alejadas de nuestro barrio o a pueblos cercanos a la ciudad. Mientras yo conduzco, Pablo, sentado a mi lado, coloca sus pies descalzos sobre mis piernas, entre el volante y mi cuerpo. Cuando detengo el coche en algún semáforo o se producen atascos en la circulación, levanta los pies y me los coloca sobre la cara o yo los cojo con mis manos para besarlos o chuparle los dedos. Los ocupantes de los vehículos de alrededor o los peatones, cuando se dan cuenta, primero nos miran con extrañeza y después reaccionan de distintas formas: algunos se indignan, otros se ríen, la mayoría nos insultan, etc. Pero entonces, cuanto más se altera la gente, más les provoco chupándole con más ansias sus pies, metiéndole la lengua exageradamente entre los dedos o coloco las plantas de sus pies sobre mi cara para besárselos apasionadamente.
Creo que aún no nos han visto nadie que nos conozca, pero la probabilidad de que esto ocurra aumenta peligrosamente cada día, lo que le da más morbo aún.