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LOS PIES DE FERNANDO

Desde pequeño el sentimiento de atracción hacia los pies masculinos se ha ido desarrollando en mí sin que pueda dar una explicación o una causa que pudiera justificarlo. La cuestión es que con el paso del tiempo cada vez me gustaba más contemplar los pies descalzos de otros muchachos, coleccionar fotografías y vídeos en donde aparecían hermosos pies que veía una y otra vez detenidamente, y en general siempre estoy a la expectativa de cualquier circunstancia o situación que me permite disfrutar, aunque sea brevemente con esta pasión mía.
Sin embargo siempre he sido bastante tímido por lo que solo en contadas ocasiones, de forma más o menos fortuita, y por supuesto de manera momentánea, he podido tener algún roce o contacto con los pies de algún chaval.
Hace unos meses, en la oficina donde trabajo contrataron a Fernando, un muchacho de 22 años, bastante alto, de complexión atlética pero sin exageración, y que desde el primer momento congeniamos muy bien en una relación de amistad.
Como es natural en el ambiente de la oficina no podía verle los pies descalzos, solo sabía que eran bastante grandes acordes con su estatura. No obstante, con el tiempo he desarrollado una técnica para hacerme una idea del aspecto de los pies basándome en la forma de las manos. En particular, Fernando tenía las manos grandes, algo huesudas con unos dedos muy largos y estilizados. La imagen que me hice de sus pies pasó a convertirse en el centro de mis fantasías eróticas, inventándome mil y una historias mientras me masturbaba, en las que podía disfrutar a mi antojo de aquellos pies, inalcanzables para mí en la vida real.
El muchacho vivía en una pensión y no tenía familiares en la ciudad. Me contó que había venido en busca de trabajo y que en el pueblo de donde procedía solo le quedaban algunos parientes lejanos con los que no tenía buenas relaciones.
Cuando llegó la Navidad me preocupaba que pasase las fiestas completamente solo y le invité a que compartiese la cena de Nochebuena en mi casa junto a mi familia. No sin insistir durante varios días, pude convencerlo para que aceptara, pues consideraba que era una fiesta exclusivamente familiar.
Yo vivo solo en una casa bastante espaciosa a las afueras de la ciudad. Poco a poco fueron llegando mis familiares y también Fernando para la cena. La velada se desarrolló de una forma bastante agradable y ya de madrugada mis invitados comenzaron a marcharse. Había empezado a llover y hacía mucho frío en el exterior. Le sugerí a Fernando que se quedase a dormir en mi casa pues con el tiempo que hacía y a esas horas era difícil que subiese a la urbanización un taxi a recogerlo. Aceptó agradeciéndome la hospitalidad por haber compartido con él una fiesta tan familiar.
Le mostré la habitación en la que dormiría y a continuación, mientras yo recogía algunos vasos y botellas, entró en el cuarto de baño. Cuando salió el corazón me dio un vuelco. Apareció descalzo por lo que por primera vez podía contemplar aquellos pies con los que había soñado durante los últimos meses. No me defraudaron. Eran tan bellos como me los había imaginado.
Me deseó buenas noches y se retiró a su habitación. Yo entré en el cuarto de baño del que acababa de salir Fernando y allí me encontré junto a sus zapatos los calcetines que unos momentos antes se había quitado. Los cogí y me los acerqué a la cara. Aún estaban húmedos y calientes, y mientras los olía no tuve más remedio que masturbarme mientras recordaba la imagen de sus pies descalzos en el salón.
Me fui a mi habitación y me acosté, pero no podía conciliar el sueño. Después de casi dos horas en vela me levanté y lentamente me fui acercando a la habitación de Fernando. Había dejado la puerta abierta y también había subido las persianas del balcón, por lo que desde allí, gracias a la luz que venía de la calle, podía verle claramente. Acostumbro a poner la calefacción de mi casa un poco alta por lo que no es necesaria mucha ropa de cama. Así que allí estaba Fernando acostado boca abajo apenas cubierto con una sábana, y ¡gracias a Dios! con los dos pies destapados. Su pie izquierdo descansaba encima de la cama mientras que el derecho colgaba suavemente en el vacío, pues la cama era un poco pequeña para su estatura.
Entré en la habitación y me fui acercando lentamente a la cama mientras el corazón palpitaba a gran velocidad. Por más que me esforzaba no encontraba una explicación convincente sobre mi presencia allí que pudiese darle a Fernando en el caso de que se despertase. Pero mis deseos superaban a mis miedos.
Me hinqué de rodillas frente a su pie derecho y durante varios minutos permanecí inmóvil mirando aquella maravilla. La languidez y serenidad con la que el pie colgaba le daba un aspecto más estilizado y bello, con unos interminables dedos levemente entreabiertos. A continuación me fui inclinando hasta que mi rostro apenas estuvo a un par de centímetros del pie; el olor que desprendía terminó de excitarme. No podía perder aquella oportunidad que se me había presentado y que no sabía cuanto tiempo podría pasar para que volviese a presentárseme.
Decidido, agarré con mis manos el pie y tras comprobar que Fernando seguía profundamente dormido, lo fui levantando suavemente hasta colocar toda la planta del pie sobre mi cara. Por fin mis sueños se hacían realidad e incluso los superaba. Comencé a besarlo y poco después a chuparlo, metiendo uno a uno aquellos maravillosos dedos en mi boca, mientras con la lengua recorría los rincones más inaccesibles.
Estaba a punto de correrme de placer pero paré y soltando el pie me puse de nuevo de pie. Quería aprovechar aquella oportunidad al máximo, así que esperé unos minutos mientras me tranquilizaba un poco.
Ya más sereno, volví de nuevo junto a la cama, me bajé los calzoncillos y agarrando con las dos manos el pie que colgaba, fui subiéndolo, mientras me abría un poco de piernas, hasta que la planta del pie quedó pisándome el pene y los testículos. ¡ Ahh…! ¡Que sensación de placer tan suave y caliente!
Durante un rato permanecí quieto disfrutando aquella sensación, pero temía que se moviese para cambiar de posición en la cama o, aún peor, que terminase por despertar.
Así que, a mi pesar, tenía ya que concluir.
Mientras seguía agarrando el pie, comencé a moverme con un movimiento de vaivén, frotando suavemente la polla a lo largo de toda la planta caliente del pie hasta llegar a las yemas carnosas de aquellos maravillosos dedos. ¡Ohh…! ¡Ooohh..! ¡Dios mío, nunca había llegado a un grado de tal placer!
Continué así durante varios minutos hasta que ya no pude más y apretando con fuerza el pie contra mi cuerpo terminé corriéndome dejando el pie chorreando con mi leche.
Cuando me repuse del éxtasis volví a chuparle todo el pie para eliminar los restos del semen y regresé feliz y cansado a mi habitación.

Espero volver a repetir esta mi primera experiencia, pero de momento tengo que conformarme solo con los recuerdos de las sensaciones nuevas experimentadas, hasta que se presente alguna ocasión propicia para que se repita o incluso la supere